jueves, 9 de julio de 2009

Empresa alemana

Ya debe estar muerto o quizás con más de 95 años. En el año 90, cuando tuve el honor de trabajar en su empresa, ya se comentaba que rondaba los ochentas años.
Es chileno descendiente de alemán y su empresa tiene su apellido. Eran dos hermanos, se boxearon y se separaron, creando dos empresas iguales con el mismo apellido, solo los diferenciaba el nombre.

Fui contactado por su gerente de finanzas, conocidísimo judío, para continuar con el desarrollo de sus sistemas computacionales. Los productos que producían eran 3 veces superiores a la competencia, tanto a los nacionales como los importados. 

Entre por el salón de venta y sentí la calidad de los productos. Pregunté a la recepcionista y me indicaron una escalera. El segundo piso era una larga planta sin divisiones. Un galpón. Al fondo tres oficinas con paredes de vidrios para ver todo lo que sucedía en todo el segundo piso. Ahí estaba el dueño y en la otra el gerente. Era toda una estructura de madera que mas parecía un escenario de una fábrica alemana en plena segunda guerra mundial. Sin cuadros, sin colores, inmensos focos colgando del cielo, y desde el centro, como un escenario, se divisaba la fábrica completa instalada atrás, con vidrios gruesos para amortiguar el ruido.

Me instalaron al rincón opuesto de ese segundo piso, también en oficina de vidrio, la sala de computación. Trabajaban cuatro personas ahí en computación. Parecían robot como caminaban mientras me hablaban sin expresión corporal ni facial. 

Me podían estar diciendo que la empresa era como las pelotas o que la secretaria del primer piso era buena moza, pero con la misma cara. Supuse que actuaban porque se sentían vigilados. 

Tendría acceso a una pantalla del computador desde las 10 a las 14 horas. Así era en los principio de los años noventa.

Sonó la sirena a las 10:30 horas. Todo el mundo se movió de sus asientos, caminando de allá para acá y de acá para allá. Estaban estirando las piernas. 

Algunos salieron por el costado de la sala de computación, una suerte de escalera de incendio, para fumarse un cigarro. Otros entraron a la sala de baño, instalado ahí mismo en el segundo piso. 

A los 10:45 sonó de nuevo, nuevamente todos en sus asientos. Hasta la 13 horas. Todo el mundo utilizaba cotona y lucían iguales. 

Los ejecutivos usaban cotona de color café, el dueño, el gerente de finanzas, el gerente de producción y la gerente de personal, que se veía pésimo con la cotona, chica y guatona. 

Luego seis administrativos de cotona azul, instalados en escritorio alineados uno tras otro a los largo del segundo piso, mirándose las espaldas. Los cuatro de computación también usaban cotona azul. 

Lo que me impresionó fue que circulaban por el segundo piso seis personajes con cotona verde. Estos subían, bajaban, iban a la fábrica, volvían, siempre de paso rápido. Eran auxiliares y su labor era estratégica. Se encargaban de mover los papeles de un escritorio a otro. Como ningún administrativo ni gerente se movía de su escritorio, porque hacerlo era perder tiempo, bastaba tocar el timbre, todos los escritorios tenían uno, se encendía una luz instalada en un pequeño mástil y el auxiliar llegaba al escritorio a recoger el papel que ya estaba en el canastillo. 

Aunque sea llevárselo al escritorio del frente o el de atrás, lo que no podía ocurrir era que alguien se parara de su escritorio. O sea, seis auxiliares para catorce personas. Los escritorios tenían teléfono pero solo para comunicarse entre ellos. Ninguno de los de cotona azul tenía salida al exterior. (Aun no existía el celular). Como todos los escritorios estaban apuntando hacia la oficina vitrina del dueño, los pobres siempre estaban con la cabeza inclinada hacia abajo, trabajando. Desde la otra punta del segundo piso, yo advertía todo, y hablaba con mis compañeros de oficina, ellos también hablaban con la cabeza gacha, moviendo papeles.

Cada cierto tiempo salía de su oficina de vidrio, el dueño, un alemán bajito, a caminar por los escritorios, y al azar preguntaba en que estaban. Si un auxiliar se detenía más de la cuenta en un escritorio o cambiaba opinión con otro auxiliar, al segundo se acercaba el dueño a ver que pasaba. No porque estaban conversando, sino que no podía tolerar que perdieran el tiempo dudando. El mismo se encargaba de dar la solución. A trabajar, era su norma. 

A las doce y treinta, uno de los auxiliares entraba a la pieza continua de computación, ya no de vidrio, un casino y encendía los dos hornos eléctricos que ya estaban con las ollas de los que llevaban colación. A las 13 horas sonaban la sirena y se levantaban como con resorte a almorzar. Algunos se iban al casino y los otros casi corriendo salían del edificio, cruzaban la calle, los veía por la ventana, y entraban a una casa que les ofrecía almuerzo. A la media hora sonaba la sirena y tenían que estar nuevamente en los escritorios.

Lo del casino alcanzaban a almorzar, estaban ahí mismo, pero los que iban a la casa la sufrían, la mesa debía estar servida, tragaban el primer plato y ya debía estar el segundo listo. Cuentan que la cocinera que contrataba la dueña no duraba más de dos meses. Como yo me quedaba trabajando mientras iban a almorzar, veía como la gerente de personal recorría los escritorios revisando hasta los cajones. No existían cajones con llave.

El resto de la tarde era igual.

A las seis en punto, sonaba la sirena y todos se paraban, se cerraban las cortinas metálicas a la calle del primer piso, aun con los clientes adentro, la caja se hacia a primera hora del día siguiente. Nada de quedarse en los escritorios, nada de quedarse con trabajo atrasado. Los obreros de la fábrica, como cincuenta, todos iguales, usaban mezclilla, tenían quince minutos para ducharse. Pasaban por un pasillo largo, donde primero se sacaban y guardaban su ropa de trabajo es sus respectivos casilleros, luego entraban a un sector de duchas, siempre caminando, y luego se vestían con su ropa de calle, colgada en perchas. A las seis y quince la fábrica y las oficinas lucían desiertas. 

Muchos duraban sólo dos o tres meses, algunos quince días, pero la mayoría llevaban ya doce, veinte y algunos treinta años. Claro que sus sueldos eran el doble del mercado. En esos años, renunciar no era problema. Igual se pagaba el desahucio. Pero los que ya llevaban seis meses, que ya se habían encariñado con la empresa, vivían enfermo de los nervios, porque al menos una vez al mes, despedían a alguien.

Cuando se retiraba una cantidad importante desde la cuenta de ahorro y se traspasaba a la cuenta corriente, el contador, en el almuerzo, se encargaba de comunicar tal decisión. Según el monto del retiro se especulaba quien sería el despedido. A las 17 horas se sabía. 

Nadie llegaba atrasado. Ni siquiera en los tiempos de las protestas ni en los paros de locomoción. Todo funcionaba como reloj. Todos los días eran iguales. Existía un sindicato pero no duraban mucho. Una vez un administrativo descubrió un desfalco. Pidió audiencia con el dueño y demostró de tal maniobra. El dueño de inmediato despidió al hechor. Y el denunciante también fue despedido por delator. 

En la empresa no se cometen errores.


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