“Nunca es tarde para estudiar”: se ha escuchado muchísimas veces.
El ejercicio del estudio no es lo importante, sino que con esa acción, el estudiar, está la intención de querer volver el tiempo atrás.
Un deseo de recuperar tiempo perdido.
Sería una ventaja desproporcionada si alguien tuviera el conjuro mágico para recuperar tiempo perdido. Solo imaginarlo produce un envejecimiento acelerado. Es por eso que a más edad aumentan las ansias de querer volver el tiempo atrás.
Y para argumentar su pretensión de querer estudiar, ya adulto, recurre a las frías estadísticas donde sus resultados arrojan que una carrera se estudia en menos tiempo y con mejor rendimiento cuando se tiene más de edad.
Nada mas falso cuando las frías estadísticas miden que la mejor edad para estudiar una profesión es cuando se pasa de la adolescencia a la juventud. Lo que pasa que al joven se le hace mas lento porque está viviendo lo que es normal para él a esa edad y se cree dueño del mundo y quiere hacerlas todas.
Sin embargo, el adulto que está estudiando, que trabaja y que entendió a porrazos que ya no es dueño del mundo, rinde mas en el estudio, tiene experiencia y mañas para estudiar lo justo y necesario y a veces, y no es raro, sabe más que el profesor que se la pasó en las aulas preparando pruebas. Así este alumno disfrazado de adulto, o trabajador disfrazado de niño, cree estar recuperando tiempo perdido y sólo si lo hace responsablemente podrá terminar con éxito, o sino va a desarrollar las mismas barbaridades y errores que cometió cuando fue joven.
En una de esas participa en la semana universitaria o en los viajes reventados que se pegan los estudiantes para conocerse mas luego.
El ejercicio del estudio no es lo importante, sino que con esa acción, el estudiar, está la intención de querer volver el tiempo atrás.
Un deseo de recuperar tiempo perdido.
Sería una ventaja desproporcionada si alguien tuviera el conjuro mágico para recuperar tiempo perdido. Solo imaginarlo produce un envejecimiento acelerado. Es por eso que a más edad aumentan las ansias de querer volver el tiempo atrás.
Y para argumentar su pretensión de querer estudiar, ya adulto, recurre a las frías estadísticas donde sus resultados arrojan que una carrera se estudia en menos tiempo y con mejor rendimiento cuando se tiene más de edad.
Nada mas falso cuando las frías estadísticas miden que la mejor edad para estudiar una profesión es cuando se pasa de la adolescencia a la juventud. Lo que pasa que al joven se le hace mas lento porque está viviendo lo que es normal para él a esa edad y se cree dueño del mundo y quiere hacerlas todas.
Sin embargo, el adulto que está estudiando, que trabaja y que entendió a porrazos que ya no es dueño del mundo, rinde mas en el estudio, tiene experiencia y mañas para estudiar lo justo y necesario y a veces, y no es raro, sabe más que el profesor que se la pasó en las aulas preparando pruebas. Así este alumno disfrazado de adulto, o trabajador disfrazado de niño, cree estar recuperando tiempo perdido y sólo si lo hace responsablemente podrá terminar con éxito, o sino va a desarrollar las mismas barbaridades y errores que cometió cuando fue joven.
En una de esas participa en la semana universitaria o en los viajes reventados que se pegan los estudiantes para conocerse mas luego.
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