domingo, 6 de enero de 2013

La medallita



Llamo poner la medalla cuando una persona dobla el destino de otra persona empoderándola de algo. No pensemos mal. La medalla, ya sea una escarapela, un título, una copa, cualquiera sea el símbolo con el cual se premia ese logro, ha existido siempre.
Es una forma de medir los logros de las personas. Mas medallas, mejor aún. Yo desearía una medalla. La paradoja es que he conocido a muchas personas que hacen cosas pero su destino no es recibir medallas, a pesar que se las merecen. Pero hay realidades donde algunas personas sacan de su manga cartas que cambian el rumbo de su medio ambiente. Todos conocemos situaciones donde es necesario pinchar una medalla en el pecho de alguien para estimularlo en su actividad. Se inventa un fin determinado y ya está. Puede ser ventas de fin de mes en un retail, operaciones en una clínica privada, partes en un retén, en fin, cualquiera sea la meta prefijada, si se cumple, se le cuelga la medallita. En el campo laboral, a nivel personal existen los posttítulos, aunque estos se compran, al menos hay que asistir, están los postgrados y las maestrías. La experiencia aparece en segundo plano. A veces esa simple y acertada decisión de realizar un cursillo de esos, cambia el rumbo a ciento ochenta grados, no trescientos sesentas como dicen algunos, y a esperar la medallita.
¿Qué sucede cuando se detecta un vacío dentro de la empresa?, por ejemplo en el trato a proveedores, organización interna, planificación y las personas a cargo de dichas funciones fallan. Se busca a alguien de confianza, que puede ser cualquiera de los mismos y se le pone la escarapela, la medallita. Al principio todo es confusión. La persona con la escarapela estuvo a punto de irse de la empresa varias veces porque consideraba que ya la chimenea ya no tiraba, otro término qué se usa mucho. Pedir aumento de sueldo era otra odisea inútil por lo que esa persona elegida había negociado asistir solo tres días a la semana. Pudo haber sido otro, quizás se lo merecían, el encargado de bodega, poseía un título de ingeniero en logística, ya se había empoderado y se auto denominaba ingeniero, al menos así decía su tarjeta de visita. Otro era el jefe de informática, aunque el caso es más sabroso para este ejemplo, el si, además de tener el título de ingeniero, había asistido a cuanto posttítulo, seminarios, postgrados, y estaba cursando un mba, su condición de soltero así lo permitía, al menos eso decía. Junto a ellos, había unos cuantos profesionales a honorarios que estaban desarrollando unos proyectos internos de plazo fijo. Pero estos se descartan porque no pertenecían a la planta, aunque  igual se comían la empanada y el vaso de chicha para las fiestas patrias.  El dueño de la empresa pensó bastante esta decisión. ¿A quién colgarle la medallita? A los ingenieros ni pensarlo. Porque inmediatamente después de premiarlos, estos cobrarían por llevar a cuesta la medallita. Además eran precisamente por ellos se justifica esta acción: vivían pidiendo más personal, más recursos, alargaban los plazos de los proyectos. Además ya estaban insolentes, porque las excusas que daban por los atrasos eran ya delirantes.
En cambio el elegido, apenas con cuarto medio, un curso de contabilidad y otro de inglés, donde lo único que aprendió fue a pronunciar correcto facebook, aun, dócil como una pluma, transparente como el agua de la llave, tenía esa patudez ingenua de creerse su nueva designación. EL dueño de la empresa, durante un período muy corto, apenas un par de meses, lo fue engatusando, lo invitaba frecuentemente a almorzar, invento un negocio al sur donde le hizo creer que su presencia era vital, alojando en el mejor hotel y cenas típicas, y si ese gesto fuera poco, al poco tiempo inventó un viaje a Buenos Aires, donde partió además con la familia. En las conversaciones diarias lo dio las pautas para que el controlara al mundo que al dueño le afligía. Este hombrecito se haría cargo del manejo de los proyectos. El daría autorizaciones a los ingenieros para los gastos, el visto bueno para la contratación de nuevo personal, la aprobación para los pagos del personal a honorarios.
Sin ningún temor lo empodero para que fuera su segundo a bordo. Sabía que al día siguiente de la asignación del poder, este se sentiría superior a los ingenieros. Al pie de la letra. Leía más que cualquiera, cine y arte era su debilidad, se auto catalogaba como informado y opinaba de todo, era experto en calles, sectores turísticos, comida típica, deporte, psicología, manejo de personal, de todo, y por supuesto, daba personalmente instrucciones a los ingenieros de cómo hacer la pega. O si no él no les pagaría. El dueño ya no tuvo más dolores de cabeza.

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