Distingo un
fenómeno recurrente en el ámbito laboral en el cual me muevo
- destaco que mi ámbito
a la fecha, quizás hoy no tanto pero en el pasado si lo fue - es ser lo que
otros esperan que seamos en menoscabo de mostrar nuestra verdadera identidad.
Ese deseo
de aprobación externa obstaculiza a las personas a encontrar una tranquilidad y
especialmente estabilidad cuando permanentemente sus actos debe ser refrendados
y valorados positivamente por otros.
Por lo mismo,
es patético lo bien que se sienten cuando los acarician mentalmente. Así, ¿Quién
va a renunciar a todo eso?
La
aprobación no es mala por sí mismo. Si solo deseas la aceptación porque te sientes
feliz con el apoyo de los demás, no comporta ningún mal. Pero si se genera una
necesidad, esa gente se derrumba al no conseguirla, se incomodan, sienten pánico
a ser rechazados, se sienten, en su ser más íntimo, ninguneado.
Todo este
problema surge por entender de manera incorrecta la naturaleza de lo que
realmente somos. Cedemos el control de nuestra identidad al escrutinio de
terceros, que continuamente enjuician y etiquetan nuestras actitudes y especialmente
nuestra manera de pensar.
Esa
necesidad supone: “No confíes en ti mismo, confirma todo con otra persona
primero”. El ambiente cultural en que te mueves confirma y refuerza ese
comportamiento como norma de vida. El pensamiento independiente, por lo mismo, es el principal enemigo.
Lo
convencional, lo establecido quiere gente manipulable y controlable, personas
que no cuestionen la idea de seguir los modelos preestablecidos de
comportamientos y pensamientos.
Es por eso
que la primera fórmula es ser nosotros mismo. Mostrarnos genuina, espontánea y
desinteresada a los demás, dejando claro nuestras intenciones y así caminamos a
un estado de paz, equilibrio y felicidad, desconocido hasta entonces. La
presión y ansiedad desaparecen, ya que no tenemos ni menos queremos contentar a
nadie en particular.
Al ser
totalmente libres y alejados de las limitaciones de expectativas somos capaces
de mostrar nuestra verdadera capacidad.
Y llegamos
a la madre de todas las batallas. La educación. Estableciendo programas flexibles
que busquen las áreas más afines, se forjan personas independientes, creativas
y seguras de sí mismas. La necesidad de aprobación queda relegada a planos
inferiores.
Ese miedo
no es más que una fina cortina de humo que oscurece la verdadera grandeza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario